domingo, 27 de noviembre de 2016

SOROS Y LAS SOCIEDADES ABIERTAS

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Mucho se ha escrito acerca del especulador judío George Soros y bien conocidas son algunas de sus fechorías como cuando provocó la quiebra del Banco de Inglaterra el 16 de septiembre de 1992, episodio llamado “miércoles negro”, donde Soros obtuvo unas ganancias de unos 1.000 millones de dólares y produjo pérdidas al pueblo británico por valor de unos 3.400 millones de libras, lo que por supuesto no ha provocado que el gobierno lo considere persona non grata en el Reino Unido ni le prohíba operar en él con su entramado de organizaciones políticas o económicas.

El único país que ha tomado una medida al respecto ha sido la Rusia de Putin y quizás por eso en el libro “Open Society: Reforming Global Capitalism” el señor Soros ha añadido un nuevo capítulo, “¿Quién perdió a Rusia”, que contiene este sombrío pasaje: “Rusia no está perdida; por el contrario, puede revivir con Putin. Pero Occidente ha perdido a Rusia como una amiga y una aliada”. Lo que seguramente quiere decir el señor Soros es, simplemente, que Rusia ha quedado fuera de su influencia.

Es tan frecuente leer noticias sobre el señor Soros que desde hace años parece la esencia de todas las salsas. En el 15M podemos rastrear a Soros, en Ucrania podemos rastrear a Soros, en las primaveras árabes, en las manifestantes violentos anti Trump…

¿Cómo puede abarcar un solo hombre tantos escenarios? Es sencillo, no está, ni mucho menos, solo. Por ejemplo, una de sus múltiples organizaciones, la llamada “Alianza Democrática”, está formada por más de un centenar de auténticos titanes del mundo financiero. Estos hombres, asociados con el señor Soros, inyectan centenares de millones de dólares (más de 500 en el último año) a distintos grupos de activistas que comulgan con su ideología política. Y éste es un punto muy interesante porque curiosamente, a pesar de los ríos de tinta que ha hecho derramar este experto en ingeniería social, poco se ha escrito sobre su ideología. Se nos vende como un especulador sin escrúpulos, y sin duda lo es, pero es mucho más que eso: es una de las caras más visibles de una élite que está intentando moldear el mundo.

George Soros no es lo que podríamos llamar un ideólogo, tampoco los son los multimillonarios que financian sus proyectos de ingeniería social ni tampoco los activistas de su interminable entramado de organizaciones. El principal artífice de la ideología de estos visionarios que pueden ser considerados los constructores del Nuevo Orden Mundial es el judío Karl Raimund Popper. No en vano su más reputada e influyente obra es “La sociedad abierta y sus enemigos”, una obra en dos volúmenes que escribió durante la Segunda Guerra Mundial.

Es en este punto donde merece la pena recordar que la más importante organización creada por George Soros es la Open Society Foundation (OSF). Sí, el señor Soros y su grupo de filántropos que gastan cientos y cientos de millones en grupos de activistas políticos afines a ellos ideológicamente no ocultan su admiración por el pensador judío Karl Raimund Popper.
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Durante la guerra fría las teorías de Popper y sus sociedades abiertas fueron tomando fuerza. ¿Pero cómo son esas sociedades abiertas que defendía Popper? Las sociedades abiertas tienen gobiernos tolerantes, atienden a las inquietudes de los ciudadanos, la libertad y los derechos humanos son el fundamento de la sociedad abierta. Parece el paraíso ¿verdad?

Los individuos de una sociedad abierta toman decisiones individuales no colectivas como en el “tribalismo”, concepto al que se ha reducido la idea de nación o pueblo en la visión del mundo de Popper. Según él las sociedades tribales y colectivistas no distinguen entre las leyes naturales y las costumbres y en consecuencia no es probable que los individuos desafíen o cuestionen las costumbres: la tradición compartida es tribal, la cultura compartida es tribal y los principios éticos y morales compartidos son tribales. Por lo tanto una sociedad abierta está indefectiblemente asociada con el pluralismo religioso, étnico y cultural, en definitiva una sociedad nihilista. Ese paraíso, al menos para aquellos que creemos tener derecho a nuestra identidad colectiva y a nuestros legítimos sentimientos de pertenencia a un grupo humano o pueblo ya no está tan claro ¿verdad?

Popper ve esa concepción de la sociedad abierta como favorecedora de desarrollos socio-económicos gracias al contacto con otras culturas, lo que facilita la percepción de alternativas a "soluciones únicas”. Bien, ya tenemos aquí la inmigración masiva, la sociedad multicultural y por supuesto, un modelo de capitalismo global que ha entusiasmado a las altas finanzas.

Pero además la tolerancia de las sociedades abiertas es muy selectiva. Si usted es un defensor de la soberanía nacional o de la identidad de los pueblos, especialmente los pueblos occidentales, usted conocerá una faceta nada agradable de las tolerantes sociedades abiertas: la intolerancia con el intolerante. En cuanto a mostrar atención a las inquietudes de los ciudadanos es mejor que lo olvide, si a usted le inquieta, por ejemplo, la destrucción del pequeño comercio fagocitado por grandes multinacionales, el comercio chino o los negocios franquiciados sus inquietudes tribales no serán atendidas; si le preocupa, por ejemplo, el deterioro de las tradiciones de su comunidad sus inquietudes tribales no serán atendidas; y si le inquieta, por ejemplo, empezar a sentirse un extranjero en su localidad natal fruto de la presión demográfica ejercida por oleadas migratorias que parecen no tener fin, sus inquietudes no sólo no serán atendidas sino que serán tachadas de discurso de odio.

La sociedad abierta según Popper se ve amenazada por la existencia de élites reaccionarias que buscan perpetuar una situación que ven como natural: patriotas, identitarios, etnocentristas, etc. Estos enemigos de las sociedades abiertas explotarán, según Popper, el sentimiento de ruptura o inseguridad producto de la decadencia de la sociedad tribal, creando propuestas utópicas y reaccionarias. Y por supuesto, en defensa de la libertad, habrá que perseguir a esa gente: bienvenidos a la dictadura de lo políticamente correcto donde la disidencia se castiga con la muerte civil y laboral del disidente contemporáneo y con la condena al ostracismo de los pensadores de antaño.

Popper hoy día puede ser identificado sin dificultad como un marxista cultural en lo social, pero también como un neoliberal radical en lo económico. Pero cuando publicó sus teorías en plena postguerra Popper tuvo un gran acierto: identificó a las democracias occidentales como las más próximas a sus idílicas sociedades abiertas, comportándose como un auténtico lobo con piel de cordero.

La sociedad occidental sufría de una carencia dramática de intelectuales para enfrentarse al marxismo en la recién estrenada guerra fría, no por casualidad ni por falta de talento, sino por que permitió que fueran precisamente los comunistas los que llevaran a cabo la depuración del mundo intelectual europeo tras la Segunda Guerra Mundial; se permitió que comunistas como Pablo Picasso o Sartre segaran vidas, truncaran carreras, prohibieran escribir a decenas y decenas de autores dejando a las democracias occidentales sin paladines frente al marxismo.

Este error de dimensiones históricas facilitó que la a veces ingenua sociedad occidental abrazara con entusiasmo las teorías de Popper con los liberales a la cabeza. ¿No era Popper al fin y al cabo un intelectual que defendía la superioridad de las democracias occidentales frente a los países del bloque soviético? ¿No defendía el libre comercio mundial?

La socialdemocracia occidental (con alguna excepción que veremos luego) tampoco anduvo mucho más avispada. ¿No defendían las sociedades abiertas de Popper la tolerancia, los derechos humanos, la libertad religiosa y la destrucción de la tradición? ¿Cómo no iba a ser Popper uno de los suyos?

Con esta premisa se le abrieron todas las puertas que tanto él como sus seguidores aprovecharon para infiltrarse como una auténtica quinta columna con sus ideas bajo el brazo.

De la mano de Popper la sociedad occidental fue inoculada con un complejo coctel de agentes nocivos que supusieron su derrota, unas veces por apatía, otras por ceguera o por mera estupidez. Las democracias occidentales se fueron convirtieron, sin apenas darse cuenta, en esas sociedades abiertas que pregonaba su nuevo gurú, labrando con ello nuestra ruina colectiva, el nuevo régimen que muchos han venido en llamar Nuevo Orden Mundial que nació de la hibridación ideológica hecha por Popper entre el marxismo cultural y la economía neoliberal más despiadada. Sus seguidores, con el señor Soros a la cabeza, utilizaron una estrategia de engaño colectivo que les ha funcionado a la perfección para avanzar hacia esas sociedades abiertas con las que soñaban.

En todo Occidente se empezó a presentar a la población a dos partidos como si de opciones políticas enfrentadas se tratasen, pero que en realidad eran y siguen siendo las dos alas de un mismo pájaro: los partidos socialdemócratas (izquierda) y los neoliberales (derecha). El acuerdo es tan simple como eficaz: cuando gobernaran los socialdemócratas se avanzaría en la agenda del marxismo cultural y no desharían ningún avance llevado a cabo por la derecha en temas de globalización, economías, etc.; cuando gobernaran los neoliberales se avanzaría en la agenda económica global y no desharían ninguna de las acciones relativas al marxismo cultural de sus teóricos oponentes. ¿Le cuesta creerlo? Haga memoria. ¿Cuántas de la las leyes de carácter ético y moral aprobadas por los distintos gobiernos socialistas (memoria histórica, aborto, matrimonios homosexuales, leyes de género, etc.) han sido derogadas por los gobiernos neoliberales que les siguieron? ¿Y cuántas de las medidas económicas neoliberales realmente importantes han sido derogadas por los socialdemócratas? ¿Comprende el juego?

De esta forma el ciudadano está perdido: aunque elección tras elección cambiase de voto, empujado por las náuseas hacia el gobierno saliente que no por el entusiasmo hacia el gobierno entrante (el llamado voto útil o aquello de votar tapándose la nariz), lo único que conseguiría es oscilar de una pierna de las teorías de Poppe (la neoliberal despiadada) a la otra (el marxismo cultural). Pero el avance continuará imparable y la sociedad, nuestra sociedad, ha actuado todos estos años como el que camina descalzo sobre una superficie calentada por el sol y salta espantado y dolorido de un pie al otro. Cuando se dice que la población siente desafección por los partidos tradicionales lo que ocurre es que, al menos de forma intuitiva, la gente se está dando cuenta de estar en una trampa y percibe claramente que gobierne quien gobierne la sociedad que se está construyendo le resulta más hostil y extraña cada día.

Uno de los pocos intelectuales que se dio cuenta de todo cuanto estaba ocurriendo y supo denunciarlo no fue un liberal sino un exmarxista, Jean-François Revel, en sus libros “Cómo terminan las democracias” y “El conocimiento inútil”. Estas obras fueron reveladoras sin duda, lástima que los liberales occidentales no les prestasen la atención que sin duda merecían y que los marxistas le considerasen un traidor. Ambos, neoliberales y marxistas, se postraron a los pies de los sacerdotes de Popper que inventó una forma de “marxismo capitalista” que tanto gusta a Soros y asociados y que constituye su verdadera ideología.

En un capítulo titulado “El fracaso de la cultura” Revel sintetizaba de este modo su terrible autopsia acerca de las sociedades abiertas:

“La gran desgracia del siglo XX es haber sido aquel en el que el ideal de la libertad fue puesto al servicio de la tiranía, el ideal de la igualdad al servicio de los privilegios y todas las aspiraciones, todas las fuerzas sociales reunidas originalmente bajo el vocablo de ‘izquierda’, embridadas al servicio del empobrecimiento y la servidumbre. Esta inmensa impostura ha falsificado todo el siglo, en parte por culpa de algunos de sus más grandes intelectuales. Ella ha corrompido hasta en sus menores detalles el lenguaje y la acción política, invertido el sentido de la moral y entronizado la mentira al servicio del pensamiento.”

Los “intelectuales” europeos, siguiendo las tesis de Gramsci, se convirtieron en los peores enemigos de la sociedad occidental y de sus naciones, persiguiendo a todo aquel que les denunciara. Para ello crearon el correctísimo político y se apoyaron para conseguirlo en una falta de parcialidad y veracidad en nuestros medios de comunicación tan escandalosa que empieza a resultar grotesca. Las sociedades abiertas, la hibridación del marxismo cultural y del neoliberalismo económico más radical que nunca nadie haya defendido, esta es la ideología del señor George Soros y no, no está sólo.

Los principales medios de comunicación, la industria del ocio, la mayor parte de la clase política, el entorno educativo y los organismos supranacionales están apostando por estas infernales sociedades abiertas que pretenden destruir nuestro países y nuestra identidad y no tienen reparo en mentir, manipular o engañar a los ciudadanos, ni se sienten atados de manos por ética alguna, pues su alta misión lo justifica todo.

Por eso cuando veo que Soros, o uno de sus múltiples colectivos de activistas subvencionados ataca a una persona o institución, lo primero que pienso es que he encontrado una parte no contaminada de la sociedad. Puede que no sean de los míos o puede que sí, pero lo que es seguro es que no es de los de suyos y eso no es poco en estos tiempos.

Algunas personas consiguieron ver con claridad la degradación ética y moral a la que nos empujan, la descomposición de nuestros valores, de nuestra cultura y el intento indisimulado de destruir toda nuestra civilización; apuntaron con acierto al marxismo cultural como culpable y para intentar frenarlo se agruparon alrededor de “la derecha” ejerciendo un voto llamado útil que sólo fue útil para fortalecer una de las columnas del Nuevo Orden Mundial.

Otros vieron la mundialización económica, los acuerdos trasnacionales, la demolición del estad del bienestar, el abaratamiento del despido, la tercermundialización del mercado laboral etc. y señalaron inequívocamente al neoliberalismo como culpable, ¡Pobres! Buscaron protección en uno de los brazos de sus ejecutores, “la socialdemocracia”, la otra columna del Nuevo Orden Mundial.

Pocos se dieron cuenta de que ambos peligros estaban unidos y sincronizados, pocos se dieron cuenta de que combatir solamente a una de las dos alas del mismo engendro, en demasiadas ocasiones, sólo servía para fortalecer la otra faceta del monstruo.

Sólo los nacionalistas que conservamos un fuerte componente ideológico de carácter social hemos sabido oponer un muro ideológico completo contra el monstruo creado por Popper y sus secuaces. No es casual que si el Frente Nacional en Francia quiere llegar al poder tendrá que hacerlo venciendo a una coalición de liberales y socialdemócratas; no es casualidad que si los nacionalistas llegan a al poder en Austria tendrán que hacerlo derrotando a una coalición de de liberales y socialdemócratas; no es casual que Trump para llegar al poder tuviera que vencer primero a los neoliberales en la primarias y a los socialdemócratas en la generales; no es casual que la prensa neoliberal y la prensa socialdemócrata crean que Putin es el demonio y el Brexit un drama…

Afortunadamente el ciudadano de a pie parece estar dando muestras de una sensatez inesperada y Soros y sus poderosos amigos están pasando sus horas más bajas.

viernes, 12 de agosto de 2016

FUTURUM NOSTRUM

LA FINA LÍNEA ENTRE EL FRACASO DE LA MULTICULTURALIDAD Y EL CHOQUE DE CIVILIZACIONES.



 "¿Futurum Nostrum?" es una novela distópica que narra un futuro terrible, pero verosímil: el paulatino deterioro de la convivencia multicultural en Europa.

La acción se centra en España, concretamente en Madrid, donde residen los protagonistas, un grupo de personas normales que deberá enfrentarse a circunstancias excepcionales.

 "¿Futurum Nostrum?" pretende mostrar, de forma verosímil y documentada, la evolución de la situación actual hacia la peor opción posible, un futuro que muchas personas empiezan a sentir como un peligro real y cada vez más próximo: una guerra étnica en el interior de Europa.

Obras simílares, como "El desembarco" de Jean Raspail, alcanzarón éxito comercial basándose en estos mismos temores que los recientes acontecimientos relacionados con las oleadas de refugiados han reavivado.

 ¿Podría el sueño multicultural que nos han vendido convertirse en nuestra peor pesadilla?

A la venta en Keltibur

viernes, 15 de abril de 2016

Ashihei Hino




Ashihei Hino (nombre real Katsunori Tamai) fue un escritor japonés especializado en relatos de corte bélico. Hino nació en Wakamatsu el 25 de enero de 1907.

En 1937, mientras estaba destinado en China como miembro del Ejército Imperial Japonés, recibió el prestigioso premio Akutagawa por una de sus novelas: "Cuentos de Excremento y Orina".  En la concesión del premio fue fundamental el respaldo que le dio Kobayashi Hideo, considerado el mejor crítico literario del Japón moderno; Kobayashi Hideo al igual que Ashihei Hino, fue un claro defensor de la entrada del Japón Imperial en la guerra y ayudó a impulsar el conocido como “Movimiento Nacional de Movilización Espiritual”. 

En el marco de este movimiento docenas de escritores, pintores y músicos aceptaron con entusiasmo la invitación del Gobierno para viajar a China y escribir sobre la ofensiva japonesa; este grupo de intelectuales fue conocido como “El Cuerpo de la Pluma” (Pen butai) y recibió tantas solicitudes que algunas tuvieron que ser rechazadas. Casi todos ellos quedarían marcados durante la postguerra.


El crítico Kobayashi Hideo, lógicamente, formó parte de “El Cuerpo de la Pluma” y viajó a China por primera vez en marzo de 1938 como corresponsal de la popular revista “Bungei Shunju”. Éste será sólo el primero de los seis viajes que realizará al continente en tiempos de guerra.

Una característica notable de sus artículos es el respeto y la admiración con los que se refiere a los combatientes japoneses que encarnan tanto el nacionalismo como la vida de acción, valores que Kobayashi tiene en la más alta estima y disfruta en compañía de los héroes anónimos que conforman el Ejército Imperial.

Uno de los soldados con los que entra en contacto y que él identifica inmediatamente como la encarnación del heroísmo que tanto admira es el cabo Hino Ashihei. El crítico y el soldado pronto se convierten en amigos. Impresionado por los apasionados ojos de Hino, por su naturaleza tranquila y por su uniforme manchado, Kobayashi escucha atentamente todo cuanto el joven escritor y combatiente tiene que decir. Será el propio Kobayashi quien le presente para el premio “Akutagawa”.
De su obra “Trigo y soldados”, publicada en el verano de 1938, se venderán cerca de un millón doscientas mil copias en una nación de unos setenta millones de personas que convertirán a su autor en un héroe nacional.

Kobayashi Hideo elogió el libro profusamente localizando en su interior "…un espíritu tradicional que nosotros los japoneses reconocemos en nuestra propia carne”.

Hino Ashihei fue ascendido al Cuerpo de Información y publicó durante la guerra numerosos trabajos sobre el día a día de los soldados japoneses. Sus obras bélicas fueron traducidas a muchos idiomas, incluyendo el español, aunque hoy casi nadie recuerda a su autor pues a pesar de la enorme popularidad de la que gozó cayó en el olvido tras el conflicto.

Su trilogía de novelas bélicas: "El trigo y el soldado", "El barro y soldados" y "Flores y soldados”.

Después de la guerra fue expulsado de la función pública y sus novelas bélicas fueron consideradas como parte de la publicidad de la política belicista y colonialista del Japón, lo que le sirvió para ser catalogado como un “criminal de guerra intelectual” por las autoridades de ocupación norteamericanas.

Supongo que los grandes cineastas norteamericanos que dedicaron sus esfuerzos creativos al cine bélico nunca sospecharon que, en caso de perder la guerra, serían catalogados como criminales de guerra intelectuales.

Hino siguió trabajando en sus creaciones literarias. Viajó por buena parte de Europa y en el año 1953 visitó España donde la revista literaria “Ateneo”, en su número del 15 de agosto de 1953, publicó una entrevista titulada “Ashihei Hino, príncipe de los novelistas japoneses”.


A pesar de todo nunca recuperó su fama y su popularidad: la acusación de criminal de guerra intelectual siempre planeó sobre su cabeza y mil puertas le fueron cerradas por la incorrección política de su pasado.

Hino se suicidó el 25 de de enero de 1960 a los 53 años y aunque su muerte fue anunciada en un principio como un ataque de corazón su familia reveló más tarde que se debió a una sobredosis de sedantes. En la actualidad su casa natal puede visitarse, convertida en el “Museo Ashihei Hino, en el centro cívico Wakamatsu.

Kobayashi fue elegido miembro de la Academia de Arte de Japón en 1959. El 5 mayo de 1960, unos meses después de su suicidio, a Ashihei Hino se le concedió el Premio de la Academia de Arte de Japón, un reconocimiento póstumo en el que, sin duda, tuvo mucho que ver su viejo amigo y mentor.

Confío en que dicho galardón sirviera para tranquilizar la conciencia de aquellos defensores de la libertad que le condenaron al ostracismo y allanaron el camino su prematuro final.

Ashihei Hino (25 de enero de 1907 – 24 de enero de 1960). Descanse en paz.

 Marcha de celebracion de la victoria del Ejército japonés en la ciudad de Nanking 1937. 
Extraida de la pelicula  Nanking Nanking realizada por el director chino Lu Chuan.


miércoles, 9 de marzo de 2016

Camille Mauclair





Séverin Faust, más conocido por su pseudónimo literario Camille Mauclair, nació el 29 de diciembre de 1872. Fue poeta, novelista, biógrafo, historiador del arte, escritor de viajes y uno de los críticos de arte más leídos e influyentes de su tiempo.

En 1896 Rubén Darío publico “Los raros”, una de sus obras menos conocidas seguramente debido a que su obra poética tiende a eclipsar su no menos importante obra en prosa. En “Los raros” Darío nos presenta el semblante de algunos de los literatos más admirados por él. En 1905 reedita la obra para poder incluir dos nombres en su lista de autores admirados; uno de ellos será Camille Mauclair, el otro Paul Adam. Esto nos dará una idea de la altura intelectual del ahora olvidado Mauclair que, con tan solo treinta y tres años aparece entre los autores más admirados por un genio ya consagrado como lo era Rubén Darío.

Mauclair estudió en París en el Liceo Louis-le-Grand; cursó la carrera en la Sorbona y con sólo 19 años, en 1891, conoce al poeta Stéphane Mallarmé que se convirtió en uno de sus referentes durante su juventud. Pronto comienza a hacer sus primeras colaboraciones, curiosamente en publicaciones de ideología anarquista.

Entre 1914 y 1918, los años de la Primera Guerra Mundial, se posicionó abiertamente a favor de la causa de los aliados y en contra de las potencias centrales lideradas por Alemania, escribiendo y publicando artículos de ideología anti germánica.

Entre 1928 y 1933 ya se puede apreciar un profundo giro en sus posturas políticas que se vuelven más “derechistas”, a la vez que inicia una cruzada personal contra el arte y la arquitectura modernos desde las páginas de "Le Figaro" y "L'Ami du Peuple", diarios controlados por el industrial y político François Coty, un anticomunista convencido y declarado admirador del fascismo italiano.

Durante los años previos a la Segunda Guerra Mundial el mundo del arte francés se había dividido entre un “Escuela Francesa”, enraizada en la tradición francesa, y una escuela de arte nueva nacida en el extranjero, a menudo judía), la conocida como “Escuela de París. Mauclair toma partido e incluso lidera la defensa de la tradición francesa y mediterránea del arte (Mauclair es buen conocedor y admirador del arte español e italiano y de sus pintores).

Dentro de esta pugna por defender un arte basado en la tradición francesa frente a un arte controlado por metecos o extranjeros, se encuadra una de sus más famosas obras “La farsa del arte viviente” en cuya dedicatoria podemos leer “A los jóvenes pintores franceses dedico este diario de una expedición contra los filisteos de la pintura”.

Mauclair, que había atacado el academicismo excesivamente rígido y que defendió desde sus columnas periodísticas el arte libre, llegó a un punto en que no pudo por menos que revelarse frente a lo que consideraba teorías absurdas, especialmente el fauvismo y el cubismo, usando una expresión del crítico John Ruskin "Un bote de pintura ha sido arrojado en la cara del público". Aún a día de hoy resultan tan vigentes sus opiniones que a muchos nos parece imposible no recordar alguna de las citas de Mauclair cuando contemplamos una exposición de arte contemporáneo.

“Preciso es confesar que lo que nos muestran es demasiado feo y que nos lo elogian con arto cinismo”.

Todo senderista sabe que una vez constatamos que hemos escogido un camino equivocado la mejor decisión suele ser desandar el camino y regresar a la última bifurcación, aquella en la que erramos nuestros pasos para coger el camino correcto en lugar de deambular sin rumbo para terminar definitiva e irremediablemente perdidos.

¿Alguna vez ha visitado una exposición de arte contemporáneo y ha tenido la sensación de que el camino tomado por el arte en Occidente es un sendero equivocado, un sendero dominado por teorías absurdas, con un total desapego de nuestras raíces artísticas y culturales? ¿Un sendero dominado por mercaderes apátridas que comercian con el arte del mismo modo en que podrían hacerlo con el acero o el petróleo?



Si es así la lectura de la obra de Mauclair, especialmente su recopilación de artículos “La farsa del arte viviente”, le resultará no ya interesante sino imprescindible, porque esta obra fue escrita en ese preciso momento en el que el arte en Occidente equivocó su camino y Mauclair fue una de las pocas voces autorizadas que intentó avisar a sus contemporáneos del error que se cometía. Si deseamos desandar el camino equivocado tendremos que regresar a ese preciso momento en el que Mauclair emprendió una cruzada en defensa del arte occidental y escuchar atentamente cuanto dijo, pues no solo tuvo el acierto de advertir que tomábamos un camino erróneo. Este ahora injustamente olvidado intelectual, haciendo alarde de su profundo conocimiento del entorno en el que se desenvuelve el arte, supo señalar de forma descarnada y lúcida a quienes nos arrastraban por esa senda.

La izquierda, los internacionalistas, los mercaderes del arte, los metecos, los judíos, así como los idiotas y los esnobs que dejaban, entonces como ahora, que cualquier corriente les arrastrase para estar a la última aunque sea una corriente de fango…

En pleno auge del fascismo en Europa, Mauclair se posicionó al lado de los países del Eje siendo uno de los muchos intelectuales franceses que se sumaron a la “colaboración”, convirtiéndose en un firme partidario del gobierno de Vichy. Entre 1940 y 1944 trabajó como redactor en varios diarios entre los que estaban “Le Matin”, dirigido por Maurice Bunau Varilla y su hijo Guy Bunau Varilla; "Au Pilori", dirigido por Jean Lestandi y "La Gerbe" dirigido por Alphonse de Châteaubriant. Todos ellos eran diarios de ideología nacionalista y antisemita, lo que le supuso recibir duras críticas del Comité Nacional de Escritores que le catalogó tras la guerra como uno de los escritores prohibidos, condenándole con ello al ostracismo.

El propio Mauclair nos cuenta cómo sus amigos en ocasiones le advirtieron del peligro de expresar sus opiniones: “Cargará usted con un gran peso, y todos aquellos que opinan como usted no se atreverán a expresar en voz alta su aprobación… Se le injuriará: sus intenciones serán desnaturalizadas y enlodadas. Tendrá usted todas las probabilidades de perder y ninguna de ganar”.

A lo que Mauclair les contestaba:

“Si me callase perdería mucho más: la propia estimación. Manejar una pluma y callarse o mentir es el más miserable de los oficios. No atreverse a decir lo que se piensa, cuando la vida puede sernos arrebatada de un momento a otro, es la mayor de las torpezas. ¡Es preciso que una época sea muy baja para que se descubra ‘valor’ en el acto en si tan sencillo de expresar, contra viento y marea, la propia opinión”.

Camille Mauclair murió 23 de de abril de 1945 en París, lo que sin duda lo salvó de ser condenado por los amantes de la libertad y del arte moderno.

Camille Mauclair. 29 de de noviembre de 1872 -

Descanse en Paz.